Vida Paula

Pedro Lemebel: una voz que existe y persiste

Por: - 23 de enero de 2015

El escritor nacional falleció a los 62 años y lo recordamos con una entrevista para Paula

Anoche, cerca de las 2:00 am, Aldo Perán, escribió en su cuenta de Twiiter palabras de despedida para su amigo, el escritor Pedro Lemebel, quien internado en la Fundación López Pérez, peleaba contra un cáncer a la laringe.

Su trayectoria literaria le valió la nominación al Premio Nacional de Literatura en 2014 y aunque su enfermedad amenazó con dejarlo sin voz, “¿quién podría dejar sin voz a Lemebel? Su voz existe y persiste”, como dice el comunicado oficial de la familia.

Aquí lo recordamos con una lúcida conversación con la periodista de Paula, Catalina Mena, por los días en que estaba siendo postulado al Premio Nacional de Literatura.

 

Conversaciones por chat

 

“Entre kimono y kimono (así le dice a su tratamiento de quimioterapia) el escritor no cesa en su exigente ritmo de performances, exposiciones, ediciones y lecturas públicas. “Si no me mató la dictadura ni me mataron los cafiches malandras que enredé en mis sábanas, no me va a matar un cáncer de laringe. Creo ser fuertona. Bastante fuertonga”, afirma. Tras la laringectomía a la que tuvo que someterse, quedó con un hilito de voz y ha estado utilizando facebook como otra plataforma de expresión. Esta entrevista resume varias conversaciones recientes por chat entre el escritor y la periodista.

Sábado 2 de agosto de 2014.

Es un domingo de junio y la Autopista Central está atochada a la altura de Américo Vespucio Sur, donde se emplaza el Cementerio Metropolitano. Los autos atraviesan la insípida tarde con sus bocinazos estridentes, bajo dos pasarelas que, desde el camposanto, se elevan por sobre la autopista.

A las 5 de la tarde, Pedro Lemebel está parado en lo alto de la pasarela norte, mientras el sol pálido de comienzos del invierno comienza a extinguirse y la escena se ilumina con los focos de la carretera. Pasa un coche de carabineros, pasan los vendedores ambulantes, pasan los floristas y los carros de dulces. El personaje que en los ochenta y noventa conformó la dupla de performance Las Yeguas del Apocalipsis junto a Francisco Casas, hoy parece ajeno al atuendo travesti y colorinche de sus emblemáticas actuaciones. Está vestido de estricto negro, elevándose como una figura casi mística, larga y delgada, sobre tacones que ahora se ocultan bajo el pantalón. Es como si su cuerpo sobrevolara el plano de Santiago, esa ciudad que sus crónicas vertiginosas no han parado de escudriñar, revelando los placeres y las crueldades sociales, con un estilo muy particular.

En su mano derecha Lemebel lleva un tubo de neoprén; en la izquierda, un encendedor. Comienza a bajar por la plataforma inclinada y a cada paso se agacha como un diestro equilibrista para dibujar una letra del alfabeto utilizando como tiza el pegamento. Acto seguido le enciende fuego y entonces la letra en llamas ilumina el traficado suburbio. Después queda la letra quemada, como una costra negra, impresa sobre el cemento. “Mi letra ardiendo primitiva en la pasarela peatonal. Letra molotov”, comenta Lemebel.

Mientras miraba tu performance pensaba ¿por qué sigue, para qué, qué lo mueve?
Pregunta cuica. El por qué ni el para qué existen cuando te mueve el afán inexplicable del deseo proscrito insatisfecho. ¿Viste qué lindo lo que te contesté? Anótalo.

Lo que incendió en la calle, dice Lemebel, no fue cualquier alfabeto, sino el silabario de su infancia, escrito en manuscrita, lo que a él mismo le sorprende, porque siempre que firma libros lo hace con letra imprenta. Desde la a hasta la z bajaron los signos hacia la vereda, precisamente allí, frente al cementerio donde encontraron el cuerpo de Víctor Jara y donde está enterrada la madre del escritor. Y, claro. Ella fue la transmisora primera del lenguaje: de ahí Lemebel aprendió el coraje y el amor y también de allí extrajo su apellido, cuando decidió dejar de usar el Mardones de su padre –con el que firmó, en 1986, su primer libro Incontables– para investirse del nombre materno: “Fue un gesto de alianza con lo femenino, inscribir el apellido materno, reconocer a mi madre huacha desde la ilegalidad homosexual y travesti”, dice. Fue ese mismo año cuando leyó su célebre manifiesto, Hablo por mi diferencia, en un acto político de la izquierda.

“No me hable del proletariado, porque ser pobre y maricón es peor / Hay que ser ácido para soportarlo / Es darle un rodeo a los machitos de la esquina / Es un padre que te odia / Porque al hijo se le dobla la patita / Es tener una madre de manos tajeadas por el cloro / Envejecidas de limpieza / Acunándote de enfermo”.

La entrevista completa la encuentras en Paula.

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